Jaramillo, Diana Isabel 978-607-535-432-3 Stefan Zweig reinventó “lo demoníaco” como ese terruño interior que afecta directamente al individuo que lo padece, reventando su alma y orillándolo a olvidarse de sí mismo, de su cordura, para “arrastrarlo hacia lo infinito, hacia lo elemental”. Pareciera que lo demoníaco pone a quien lo sufre en su máximo estado de temeridad, sediento corre así “hacia lo peligroso, hacia el exceso, al éxtasis, a la renunciación y hasta a la anulación de sí mismo”. Cuando un hombre o una mujer es poseída por ese palpitar interno, por la pulsión que lo conecta con la Naturaleza en su estado más puro, con el salvajismo que esta significa, esa alma es arrastrada al sentido más abstracto e intempestivo de su psique, hacia esa parte “casi primitiva que quisiera apasionadamente volver al elemento de donde salió: a lo ultra humano, a lo abstracto. Quizá, todas las narraciones tejidas en No, Amor, consignan un tipo de moraleja existencial, una que puede terminar con el peso que muchas mujeres cargan al consagrarse a expectativas celestiales en una realidad en la que la mayoría está acostumbrada a vivir en el fango, y a construir con palillos sus vínculos con los demás. Un mundo demasiado masculino que desde su voracidad no ama, | sino que domina, no perdona, sino que mata. Quizá las protagonistas que tocan las páginas de Jaramillo enseñan que las mujeres valiosas, a largo plazo deben aceptar que, sólo pueden salvaguardar su propia integridad, si aceptan su condena, si conocen el precio que tiene su propia inteligencia y libertad: el de una valiente soledad. O escrito en palabras más poéticas, las de Jaramillo: “Jaque mate al rey blanco, gana la última partida. La reina, estática en su casilla, mira cómo agoniza su contrario. Está sola de nuevo”.
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